Carta del doctor

Estimado Marvin:

No estoy seguro de si se acuerda de mí. Soy el doctor Álvaro de Farnesio. Si no ha habido ningún imprevisto, habrá encontrado esta carta en el bolsillo izquierdo de la camisa de lunares que lleva puesta. La camisa es mía, pero dada la naturaleza de nuestro trato unilateral, puede quedarse con ella. En realidad, si todo ha ido como esperaba, yo habré muerto, en cierta manera.

El hecho es este. Usted padecía de una grave enfermedad y yo hube de operarlo a vida o muerte. Al mismo tiempo, yo padecía otra enfermedad también grave que ocultaba a mis colegas para poder conservar mi puesto. Mis manos temblaron, mi mente falló, corté donde no debía y usted murió. Como al fin y al cabo yo también moriría tarde o temprano, pensé que, gracias a un nuevo módulo de electrodos experimental, los dos podríamos seguir viviendo juntos algún tiempo más.

Le escribo estas líneas antes de transferir mis ideas a dicho módulo, el cual le será implantado a su cuerpo todavía fresco, y mediante una relativamente sencilla reanimación, volverá a moverse, aunque esta vez de acuerdo a mis principios, que tampoco están nada mal. No me escribo esta carta a mí mismo porque, aparte de parecerme algo presuntuoso, usted conservará ciertos instintos psicomotrices que le pertenecían originalmente, y yo solo me dedicaré a dirigírselos, o a tratar de reconducírselos cuando pretenda hacer algo que a mí no me interese. Pero no se preocupe, soy un hombre muy flexible y todo lo que decida será por el bien de los dos, esto puedo prometérselo sin pestañear. Mi labor será la de buscar la armonía, aunque al principio es seguro que tendremos nuestras diferencias -está claro que no pertenecemos al mismo mundo-, pero precisamente por esto he decidido escribirle estas líneas, para que no se preocupe por algunas pequeñas incongruencias, que las habrá, y se deje usted llevar. Todo es al final una cuestión de confianza.

En fin, no tengo en realidad mucho más que añadir, no quiero enredarle en tecnicismos que le hagan hacerse preguntas sin mucho sentido. Al fin y al cabo la decisión ya ha sido tomada y prefiero orientar nuestra relación hacia lo funcional. Estoy seguro de que estaremos de acuerdo en que ambos deseamos una vida fructífera y que más allá de menudencias los dos entendemos tal concepto por igual.

Contando ya con su colaboración, le saluda atentamente,

Álvaro de Farnesio y Floridablanca, Ph. D.

[Nota: este manuscrito fue encontrado entre los restos de Marvin, en el bolsillo de su camisa, y no se sabe con certeza si lo leyó o no antes de volver a suicidarse.]

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155

El dulce despertar de su querida amiga hizo a Guntram preguntarse qué le estaba pasando. La conocía desde hacía años, y nunca había pensado en observarla despertándose, tampoco ahora. Pero el verla abrir los ojos fue para él una especie de alivio, una seguridad basada en quién sabe qué lógica confusa que le prometía que su amiga estaría allí todavía un día más.

Ella pareció sonreírle, y abrió después la boca tomando un poco de aire como si fuese a decir algo. Continuó con su tono sonriente no obstante, aunque con una leve preocupación ahora, preocupación seguramente olvidada durante sus sueños que volvía al restablecer contacto con él. O quizá solo tuviese hambre. Se desperezó entonces, con una indiferencia que a Guntram le pareció un poco fingida, dejando algunos pelos por las sábanas. Se estiró, de nuevo pareció que iba a decir algo, finalmente se puso en pie, alzó la cola y saltó de la cama.

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Antiguas amistades

Este embajador, en su cena de bienvenida, nos lleva a mí y a otro caballero a un extremo de la sala, donde en un pequeño pasillo iluminado se encuentra su colección de arte. Hay cuadros antiguos de paisajes sin interés pero que están tallados en tres dimensiones, y una colección de pequeños escritorios de casa de muñecas clavados en la pared, entre otras extravagancias. El embajador dice muy satisfecho que ha reunido esta colección con el propósito de ir disponiendo de un pequeño círculo cultural, una sencilla élite de amigos entendidos, del que poder excluir sucesivamente a quienes vayan cayendo en desgracia hasta, con algo de suerte, volver a quedarse tan solo como llegó, justo antes de partir hacia su siguiente destino.

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121A

Esta mañana fui nombrado gobernador de un océano infinito. Puedo decir que toda esa vastedad queda ahora bajo mi mando; no ocultaré que me siento poderoso. A partir de hoy, desde una pequeña casa junto al precipicio, en las páginas de mi cuaderno oficial, deberé registrar y numerar todas las olas que se produzcan, analizar la calidad de la espuma y clasificarla en cinco niveles de blancura que se me han establecido, comprobar la oscilación del brillo del sol sobre el agua en función de la hora del día y de la fluctuación de las mareas. Revisaré la distribución de los bancos de peces cada media hora y cotejaré entre sí todos los datos que obtenga. Esto me llevará todo el día y gran parte de la noche, de manera que si quiero dormir, no podré comer, y viceversa. También si desde lo alto viese a alguien que agita los brazos y se hunde en el agua, deberé anotarlo igualmente en mi cuaderno.

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177/9

Suena a hueco mi casa. Está llena de muebles y de historias, de papeles arrugados sin tirar al fuego. Las paredes blancas, un poco arañadas, cuando las golpeo suenan a hueco. Suena a hueco también mi cabeza hace tiempo, atontada por la cerveza. Sólo sirve para moverse en círculos sobre su cuello.

Cuando doy una vuelta por el salón, mis respiraciones suenan a hueco, como si no consumen aire, como si sólo mi tiempo se consume en ellas sin provecho. Cuando salgo a la calle, el cielo abierto, si sonase, sonaría a hueco.

Suenan a hueco mis pasos ahora en cualquier camino y momento. ¿Dónde dejé toda esta materia que me falta? No creo que te la llevases tú. No quiero creerlo, ¿qué harías tú con ella? ¿Tú dónde estás, por si acaso?

Vuelve aquí un momento solo, por comprobar una cosa.

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254

Hay un castigo constante, implacable en sus ojos,

un mirar quebrado y diferente,

un tono siniestro de miedo y amenaza

en la discreta forma en que se hace el café.

Un desencanto en sus manos que retuercen la pinza del pelo,

un secreto en sus pasos que pasan de largo en silencio,

hay un algo miserable y subterráneo

en el misterio de su respiración.

En el vacío de sus palabras

se adivina aún el eco de una música,

en proceso de olvido, definitivamente borrada de la casa.

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El encuentro inesperado

Hace unos días me encontré con un amigo al que no veía hacía tiempo y no tardó en contarme algo sorprendente. Según él, había estado esperando verme desde nuestro último encuentro. Como introducción para una conversación, esto me pareció a medio camino entre una cortesía normal y el preludio de algo interesante. Pero cuando siguió explicándose me descubrió que la única noticia era esa, su espera. Lo que quería decir era que en todo aquel tiempo, ni yo sé cuánto tiempo era, mi amigo no había hecho nada sino esperar, esperar nuestro reencuentro en este caso, pero no porque yo fuese especialmente importante para él o porque hubiese tenido algo urgente que decirme, no, todo se trataba de que había decidido esperarme. Ahora que lo había dicho, me fijé en que realmente estaba igual que la última vez que lo había visto, la misma chaqueta y el bigote de la misma longitud. Por un momento pensé en preguntarle por qué había decidido esperarme, pero me di cuenta de que sería inútil, que lo habría hecho porque sí. No es algo extraño el esperar, me dije, pensé de hecho que es una sensación que tengo muchas veces yo también. Pero cuando yo espero siempre pienso que es porque algo me obliga a hacerlo, que es el precio que pago con más o menos sufrimiento a cambio de algo que tendrá que llegar. Mis esperas suelen escaparse de mis manos y de mi control. Pero lo que me pareció difícil de encajar fue que mi amigo había decidido esperar a propósito, y lo que es más particular y voluntarioso por su parte, sin esperar nada en especial.

Sin embargo yo ya estaba allí y ya nos habíamos encontrado, y en su cara creí ver una mueca de dolor, y como es lógico, al escucharle empecé a sentirme un poco culpable, ahora que había puesto fin a su espera, de no poder ofrecerle nada mejor.

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