La noche española

La noche española. Atmósfera antigua, romántica, cálida, triste y bromista; como tantos poemas, un poema de amor a un mundo que no existe sino en una nostalgia inventada. España mágica, tierna y pobre. Supersticiosa, injusta, delicada y fugaz. Etérea pero enérgica, una luna y un árbol y una sombra, una historia de amor viejo hecha de recuerdos escuchados al pasar, de despedidas repentinas porque alguien ha dejado una comida a medias en otro sitio. Sierras tras de sierras y soledades bajo un manto de naturaleza maternal. Honores impasibles ante el tiempo, humildades y alegrías grabadas a fuego en pechos pequeños que suspiran hondo. Madera de guitarra, paño blanco, calles vacías y luces cálidas luciendo en los balcones. Caballos que parecen libres corriendo limpios y brillantes en un mediodía ondulado. La noche más bella cae sudando, extenuada tras un día cruel, pensando en lanzarse al agua.

Espuma

Alguna vez, cuando uno que vive a muchos kilómetros del mar camina por la ciudad, descubre que sobre una pequeña calle que sube y baja no hay más horizonte que el cielo.

Y entonces le es natural imaginar que, tras el remonte de asfalto, la calle se abre y baja hacia el mar, y no necesita verlo porque puede sentirse el olor a espuma. Es fácil imaginar un puerto tranquilo, y casas de madera azul y amarilla que descienden en agradable desorden hasta el agua.

En el mejor de los casos, seguir la calle que sube y baja sería deprimente, para el que vive a tantos kilómetros del mar. Es mejor dar un rodeo entonces por otro sitio, y solo volver de vez en cuando a este punto para echar otro vistazo y soñar lo que habrá detrás.

Condenados por su físico

O toda la gente cuya cara muestra una actitud a los demás que no se corresponde en absoluto con lo que piensa. Gente que parece más lista, más peligrosa, más tonta, más infantil, más hombre o más mujer. Socialmente atados a unas expectativas que ellos ni siquiera sospechan. A menos que sus palabras sean las de un extremista, y a poco que se muevan en lo convencional, su discurso será siempre interpretado de forma acorde a la expresión de su cara. Saber esto, y explotarlo o no. Terminar, cómo no, defraudando a todos.

Va a ser diferente

La conocí en una atmósfera muy diferente, postuniversitaria, un clima emocionante en una ciudad grande que aún parecía por explotar. Su nombre, Diana, fue fundamental. Siempre había fantaseado con tener una novia con ese nombre, y de hecho, desde que en primaria había conocido a otra Diana, ese había sido el nombre que había elegido para todas las mujeres inventadas, cada vez que había necesitado a una para una redacción, para la madre supuesta de un amigo o, más adelante, para un perfil bromista de facebook. Sin embargo, cuando conocí a la auténtica Diana y me pareció tan diferente del resto, como rodeada de algún aura única, no pensé que fuera debido a su nombre ni a mi nostalgia prematura. Pensé en ella como una especie de tótem que señalizaba el solar donde levantar un rascacielos. Pero ahora creo también que no me habría fijado en ella si ella no me hubiera obligado al fijarse en mí. Según el juicio distanciado que alcancé a tener sobre ella antes de nuestra historia, se sentía maltratada: como un trazo sin identificar, anudado sin fuerza en brazos de personajes excéntricos, echando de menos siempre cosas que estarían lejos física o temporalmente. A día de hoy no voy por ahí diciendo que soy un idiota, pero no hay duda de que, como mínimo, las circunstancias me han obligado a adaptarme. La derrota definitiva no une a nadie, hay un placer culpable en saborear en soledad la caída de la toalla arrojada. La relación entre mi difunta personalidad y la vida sin moldes que esperaba disfrutar no cuajó con Diana como me prometí. Ciertas pequeñas claudicaciones discretas y sucesivas fueron astillando el tótem. Hubiéramos querido al menos escuchar el roce de cada pliegue de la toalla al caer, sin la risa o el lamento de nadie cerca que nos importunase, porque es un momento que no se repetirá, pero también esto nos negamos. La lenta acumulación de grasas en los cuerpos de ambos y las horas perdidas divididos lo invadieron todo gota tras gota hasta que cualquier movimiento inesperado resultó inabordable. Era más fácil, en cambio, mucho-mucho más fácil, dejar vivir en nuestros cuerpos a otros que no fuéramos nosotros. Así lo hicimos; a día de hoy ya tenemos un par de hijos, y estamos eligiendo mascota.

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Tras el interludio social, vuelvo a estar a solas conmigo. Ha sido un oasis descansar de mí por unas horas, mostrar un par de personajes a los demás, alguno ridículo y alguno admirable. De nuevo a solas en mi cuarto, todavía con la adicción de la aventura, trato de representar un papel exótico también ante mí mismo. Descubro entonces que soy mejor espectador.

Carta del doctor

Estimado Marvin:

Soy Álvaro de Farnesio, el doctor, quizá me recuerde. Si todo ha ido bien habrá encontrado esta carta en el bolsillo de la camisa que tiene puesta. La camisa es mía en realidad, pero no importa porque al fin y al cabo yo habré muerto, en cierta manera.

Le explico someramente la historia. Usted padecía una grave enfermedad y yo fui quien tuvo que operarlo a vida o muerte. Quiso el destino que también yo padeciera otra enfermedad grave, que en mi caso ocultaba para poder conservar mi puesto. Pero a causa de este problema, o quizá simplemente por los nervios del temor a ser descubierto, mis manos temblaron, mi mente falló, corté donde no debía y usted murió.

Entonces, sin preguntar inútilmente a nadie, tomé una decisión inmediata. Sabiendo que en cualquier caso yo también moriría tarde o temprano, pensé que, gracias a un nuevo módulo de electrodos experimental, los dos podríamos seguir viviendo juntos algún tiempo más.

Le escribo estas líneas antes de transferir a dicho módulo la esencia de mi ser -sea lo que sea que eso signifique, es lo que dicen las instrucciones-, el cual le será implantado a su cuerpo aún fresco. Poco después, mediante una reanimación igualmente novedosa, un poco a la Frankenstein, volverá usted a moverse, aunque esta vez de acuerdo a mis principios, que tampoco están mal. Visto así podrá parecerle hasta ridículo que me dirija a usted y no a mí mismo en esta carta, pero aparte de parecerme algo presuntuoso, tengo en cuenta el hecho de que usted conservará ciertos instintos psicomotrices que le pertenecían originalmente, y que en el fondo yo solo me dedicaré a dirigírselos, o a tratar de reconducírselos cuando pretenda hacer algo que a mí no me interese. Espero que esto no suene mal, soy un hombre muy flexible y todo lo que decida será por el bien de los dos, esto puedo prometérselo sin pestañear. Buscaré la armonía, lucharé por ella si es preciso. Al principio es seguro que tendremos nuestras diferencias -está claro que no pertenecemos al mismo mundo-, pero precisamente por esto he decidido escribirle estas líneas, para que no se preocupe por algunas pequeñas incongruencias, que las habrá, y no oponga resistencia. Todo es al final una cuestión de confianza mutua.

No tengo en realidad más que añadir, no quiero enredarle en tecnicismos que le hagan hacerse preguntas sin respuesta. Al fin y al cabo la decisión ya ha sido tomada y prefiero que nuestra relación sea antes funcional que sentimental. Estoy seguro de que ambos deseamos una vida fructífera y que más allá de menudencias los dos entendemos este concepto de igual forma.

Le saluda atentamente,

Álvaro de Farnesio y Floridablanca, Ph. D.

[Nota: este manuscrito fue encontrado en la camisa de Marvin. Es un misterio si lo leyó o no antes de saltar por la ventana de la clínica.]

Antiguas amistades

Este embajador, en su cena de bienvenida, nos lleva a mí y a otro caballero a un extremo de la sala, donde en un pequeño pasillo iluminado se encuentra su colección de arte. Hay cuadros antiguos de paisajes sin interés pero que están tallados en tres dimensiones, y una colección de pequeños escritorios de casa de muñecas clavados en la pared, entre otras extravagancias. El embajador dice muy satisfecho que ha reunido esta colección con el propósito de ir formando un pequeño círculo cultural del que disponer, una sencilla élite de amigos entendidos, de la que poder excluir sucesivamente a quienes vayan cayendo en desgracia hasta, con algo de suerte, volver a quedar tan solo como llegó, justo antes de partir hacia su siguiente destino.