Encuentro breve en una cola

Nuestro héroe está en la cola del 24 horas. Son las 4 de la tarde, pero es domingo y no hay nada abierto cerca. Casi le llega el turno, pero delante de él un chaval con los ojos grandes y cansados y aspecto de mala persona se eterniza discutiendo con la cajera. También acaba de intercambiar un par de frases cortantes con su novia. La novia se ha dado la vuelta y curiosea un poco encogida de hombros, haciendo que nuestro héroe levante la vista del folleto de ofertas semanales.

Empieza a sonar Perfidia en la tienda, la versión de Nat King Cole, al volumen estandarizado y secundario de un hilo musical, pero en un domingo por la tarde en el que la ciudad está callada y todo el mundo está más sensible parece suficiente para condicionar la escena. La chica empieza a bailar suavemente, a su aire, su falda de flores levanta ligeramente el vuelo. Como lleva las gafas de sol puestas, nuestro héroe no sabe si de vez en cuando lo está mirando a él. La chica es dulce, pero tiene carácter.

El novio cansado termina su discusión y la coge de la mano para llevársela, ella se sacude y exige quedarse hasta el final de la canción. Él sale a la calle con un gesto de desprecio y el sol vertical lo funde en blanco puro. Nuestro héroe cae en la cuenta de que la chica lleva una acreditación con motivo de algún meeting o quién sabe qué. Su nombre y su dirección de Gante están en él, pero no se ven demasiado bien. Nuestro héroe piensa en hacer algo.

La canción termina de improviso, cortada por una voz que anuncia las mismas ofertas ya vistas en el folleto. La chica se marcha despacio como esperando algo que no ocurrirá y la cajera hace señas al próximo cliente con la impaciencia de otro día poco poético. Nuestro héroe pone sus productos ultracongelados en el mostrador mientras ve a la chica desaparecer para siempre en el blanco.

121A

Esta mañana fui nombrado gobernador de un océano infinito. Puedo decir que toda esa vastedad queda ahora bajo mi mando; no ocultaré que me siento poderoso. A partir de hoy, desde una pequeña casa junto al precipicio, en las páginas de mi cuaderno oficial, deberé registrar y numerar todas las olas que se produzcan, analizar la calidad de la espuma y clasificarla en cinco niveles de blancura que se me han establecido, comprobar la oscilación del brillo del sol sobre el agua en función de la hora del día y de la fluctuación de las mareas. Revisaré la distribución de los bancos de peces cada media hora y cotejaré entre sí todos los datos que obtenga. Esto me llevará todo el día y gran parte de la noche, de manera que si quiero dormir, no podré comer, y viceversa. También si desde lo alto viese a alguien que agita los brazos y se hunde en el agua, deberé anotarlo igualmente en mi cuaderno.

Un héroe

John Mayer, ex-waterpolista inglés afincado en nuestro país, está esperando en una estación de metro. Hay bastante gente que también espera, son las ocho de la mañana. El cartel eléctrico dice que el próximo tren llegará en 2 minutos.

En esto, aparece un hombre por el andén de enfrente. Canta en voz alta y se tambalea derramando algo de vino. En el andén de enfrente, el próximo tren llegará en 1 minuto.

El borracho cruza la línea amarilla de advertencia y juega peligrosamente en el borde del andén y de la inconsciencia. Algunos de los que esperan junto a él lo miran con preocupación, otros sonríen. John Mayer se preocupa. De pronto, el borracho se cae a la vía, y el próximo tren llegará en 1 minuto.

Todos lo miran asombrados. El cartel dice ahora que el tren va a efectuar su entrada en la estación. Algunos se levantan y caminan unos pasos, como dando a entender su deseo de que el borracho los imite y se aparte de la vía. El tren que se acerca se escucha ya.

Desde nuestro andén, John Mayer no puede creerlo: aunque todos miran con sobresalto al borracho, no tiene la impresión de que ninguno vaya a bajar a salvarlo. Entonces John se levanta con ímpetu dejando atrás su maletín y su abrigo, y salta a la vía entre algún grito de ánimo. Ya se ve venir el tren desde el fondo del túnel, pero parece que tendrá tiempo suficiente para apartar al hombre de la muerte.

Sin embargo, cuando lo alcanza y comienza a levantarlo, John descubre atónito que el borracho se resiste. “¿No querrá morir, después de todo?”, piensa John en un instante. Además resulta ser más corpulento de lo que parecía desde el andén, y además ha abrazado a John con fuerza, impidiendo que se vaya. El tren está entrando en la estación. Algunas personas gritan y otras no dejan de mirar.

El borracho sonríe con aire de eternidad. John no quiere morir así, no contaba en absoluto con esta actitud. Al fin consigue sacar y abrir la navaja multiusos que un waterpolista suizo le regalase tras disputar una semifinal de los Juegos del 92. Acuchilla al borracho repetidamente, destensando así sus músculos y consiguiendo con ello apartarlo de la vía justo antes del paso del tren. Ya en la vía vacía, lo sigue acuchillando aún dos o tres veces más a causa de la inercia, pero en cuanto comprende que está a salvo deja de hacerlo. Un poco desorientado por el repentino cóctel de emociones, John se levanta guardando su navaja y sube de nuevo al andén. Se sacude un poco el polvo con algo de embarazo, coge sus cosas y se escabulle entre todas las personas que siguen mirando paralizadas.

El borracho está tendido ahora sobre la vía vacía. Parece que ha sobrevivido a las cuchilladas de John Mayer, pero no debe preocuparse: el próximo tren llegará en 1 minuto.

El encuentro inesperado

Hace unos días me encontré con un amigo al que no veía hacía tiempo, y como presentación me contó algo sorprendente. Según él, esperaba verme ya desde nuestro último encuentro. Inicialmente me pareció solo una cortesía excéntrica, preludio de noticias más vulgares o cotidianas, como en cualquier otra conversación de calle. Sin embargo, al continuar quiso aclarar pronto que la única noticia era esa, su espera. Quería decir que en todo aquel tiempo, yo no sé cuánto tiempo era, mi amigo no había hecho nada sino esperar, esperar nuestro reencuentro en este caso, y no porque yo fuese especialmente importante o porque hubiese tenido algo urgente que decirme, sino nada más que por preferencia personal suya. Ahora que lo había dicho, me fijé en que realmente estaba igual que la última vez, la misma chaqueta y el bigote de igual longitud. Pensé en preguntarle por qué había decidido esperarme a mí precisamente, pero me di cuenta de que sería inútil, que, llegados a este punto, me habría elegido por puro azar. Si no le importaba el qué, mucho menos lo haría el quién. No es algo extraño el esperar, me dije, y pensé de hecho que es una sensación que tengo muchas veces yo también. Pero cuando yo espero siempre pienso que es porque algo me obliga a hacerlo, que es el precio que pago con más o menos sufrimiento a cambio de que al término se materialicen mis deseos. Por otra parte, al igual que mis deseos, mis esperas suelen escapar de mis manos y de mi control. Por eso lo que me pareció difícil de encajar fue que mi amigo había decidido esperar a propósito, y lo que es más particular y voluntarioso por su parte, sin esperar nada en especial.

Sin embargo yo ya estaba allí y ya nos habíamos encontrado, y en su cara creí ver una mueca de dolor, y como es lógico, al escucharle empecé a sentirme un poco culpable, ahora que había puesto fin a su espera, de no poder ofrecerle nada mejor.

La chica en el metro

Un hombre mayor muy serio de pie en el metro. Pienso mal de él, qué severo, a sus años y no sabe ser feliz.

Entonces mira un rato fijamente a una chica joven sentada que podría ser su nieta y la situación se vuelve divertida, es un viejo verde.

Pero entonces aprieta la boca varias veces y levanta la vista hacia sus recuerdos, parpadea mucho y ahora sus ojos tienen algo de agua.

¿Qué le habrá recordado la chica?

El agarrón

Cuando hace un par de noches Prim, un ciudadano de nuestra capital, volvía de su trabajo, encontró que tenía una tensión, como un peso muerto, sobre su hombro izquierdo. Se detuvo, se volvió y se percató de que otro hombre de aproximadamente su edad, pero de aspecto cansado, con grandes ojeras, se le había agarrado y caminaba tras él. Le preguntó qué ocurría. “Verá, estoy muy cansado, pensaba que no le importaría si voy con usted un rato”, dijo el hombre. Prim, aunque un poco sorprendido, no quiso ser desagradable. “De acuerdo, caminaremos juntos lo que queda de calle si le parece”. El hombre se puso a toser y no dijo nada, así que Prim reemprendió la marcha. Al cabo de unos cincuenta metros Prim debía tomar otra calle. A su espalda escuchaba un jadeo cada vez más ahogado. Indeciso, se detuvo. “¿Quiere que nos paremos?” Mientras su acompañante retomaba el aliento, trató de tomar el mando. “Yo debo torcer a la derecha por aquí.” El hombre tosió un poco y se llevó la mano libre a la cabeza sin soltar el hombro de Prim. “No se preocupe, siga, me viene bien”.

Continuaron ambos por la calle de la derecha mientras a Prim empezaba a molestarle un poco el peso en el hombro. “¿Le importaría apoyarse un rato en mi otro hombro?” preguntó. Al hombre no pareció gustarle mucho la idea, pensó unos instantes y puso su mano libre en el otro hombro de Prim. “Me apoyaré en los dos hombros y de esa forma se distribuirá mejor el peso, ¿le parece?” Prim no pudo decir que no fuera cierto y se volvió hacia delante para continuar la marcha.

Al cabo de un rato, Prim comenzó a encontrarse más cansado de lo normal, incluso dadas las circunstancias. Hacía un par de minutos que escuchaba un ruido siseante que los seguía. Miró atrás y se dio cuenta de que el hombre había empezado a arrastrar los pies. Estaban llegando a una plaza con muchas salidas. Prim se detuvo otra vez. “¿Qué dirección sigue usted?” preguntó. “No lo sé, me es indiferente. Decida usted”, dijo el hombre. Prim tuvo que hacer aquí un esfuerzo para mantener su buena educación. “Óigame”, empezó a decir, pero el hombre lo interrumpió. “Me duele mucho la cabeza, es un dolor agudo lateral que me traspasa de lado a lado. Estoy temblando. Lléveme a un hospital y no le molestaré más”. Prim recapacitó un momento, analizó el aspecto del hombre y tuvo que conceder que realmente había empeorado; pensó por otra parte en una anterior ocasión en que él se había sentido indispuesto, y había sido igualmente socorrido. En la plaza había un letrero que indicaba el hospital a diez minutos, aunque estaba pensado para ir en coche. Buscó un taxi, pero la verdad es que por allí no había nadie. “De todas formas, en lugar de arrastrar los pies, lo mejor será que se suba sobre mí”, dijo Prim antes de continuar. “¿Verdad? Lo estaba pensado yo también”, dijo el hombre, y se subió a la espalda de Prim, tosiendo, y para no caerse rodeó su cuello con un brazo.

Prim estaba en buena forma y el hombre, seguramente debido a su enfermedad, estaba muy delgado, de modo que al principio no hubo problema. Sin embargo, cuando estaban a medio camino, Prim empezó a sentir una molestia, un peso que aumentaba, como si algo tirase de su brazo izquierdo hacia abajo. Al principio lo atribuyó al cansancio acumulado, pero cuando giró la cabeza encontró a una pequeña mujer obesa y de aspecto cansado que lo había agarrado con fuerza y caminaba ahora también con ellos muy despacio, ralentizando notablemente la marcha del convoy . “Es mi mujer”, dijo el hombre. “Nos acompaña al hospital”. Prim no dijo nada, deseando solo llegar lo antes posible. Ya eran casi las doce y tenía que ir bien despierto al trabajo al día siguiente. Quizá su mujer ya estuviera preocupada, incluso podía sospechar algo malo sin ninguna razón. “¿Usted trabaja?”, preguntó la mujer. “Maldita sea, claro que trabaja”, replicó el hombre antes de que Prim pudiera decir nada. “Mira su ropa, le va muy bien”. “¿Tiene familia?”, insistió ella. “Mi mujer me espera en casa”, se adelantó Prim esta vez, con algún esfuerzo. “¿Y es bonita la casa?”, continuó la mujer. “¡Cállate ya! Nos lleva al hospital, no a su casa”, interrumpió el hombre.

El último kilómetro hasta el hospital era una gran cuesta hacia arriba, cada vez más empinada. La mujer empezó a arrastrar los pies. Prim, casi exhausto, respiraba trabajosamente ahora y caminaba cada vez más despacio. “¡Ánimo, ya casi estamos en la puerta!”, dijo el hombre, con energía recobrada, mientras le daba palmadas en el costado.

Mareado y con un sudor frío, Prim cruzó por fin la puerta de entrada al hospital. Era ya muy tarde y no se veía a nadie en el vestíbulo, excepto una enfermera de guardia en el mostrador de atención al paciente. “Ya hemos llegado”, dijo Prim jadeando. “Un último esfuerzo, sólo hasta el mostrador”, dijo el hombre. “Me duele mucho la cabeza”, se quejaba la mujer entretanto. Prim pensó que ya no importaban quince metros más.

Cuando llegó al mostrador, apoyó los brazos en él y bajó la cabeza para tratar de relajar los músculos del cuello, que tenía agarrotados, dejando que el hombre y la mujer se entendiesen con la enfermera. La sangre bajó a borbotones a su cabeza y empezó a sentir un dolor agudo que le traspasaba el cerebro de lado a lado. Su visión era borrosa y los latidos de su corazón le impedían oír nada más. Inspiró y espiró profundamente, tratando de tranquilizarse, hasta que al cabo de unos minutos un golpeteo insistente en su nuca le hizo volver en sí parcialmente. Era el hombre, todavía sobre su lomo, que le hacía una última petición. “Por favor, buen hombre, ni mi mujer ni yo sabemos escribir. Ponga su nombre y firme los papeles de ingreso”. Prim se enderezó parcialmente, tratando de esbozar todavía una sonrisa de cortesía, escribió su nombre tres o cuatro veces y firmó donde le indicaron. Después de eso sólo pudo distinguir la cara de la enfermera con una gran sonrisa forzada que le ofrecía la mano. Giró la cabeza y vio al hombre, aún sobre él, sonriendo muy satisfecho, y a su mujer haciendo lo mismo, con un aspecto muy saludable, incluso había perdido unos kilos. Sinceramente aliviado por tanto agradecimiento, Prim estrechó la mano que le ofrecía la enfermera, ella se la agarró con fuerza y él se dio cuenta de que ya no iba a ser capaz de soltarla. Por una puerta se acercaban tres enfermeros con una camilla.

Costumbre de viajeros

Algo que me gusta hacer, que hago en cuanto me es posible, cuando viajo a otro país o a otra región del mío, es encender la radio y dar una vuelta por las emisoras. En cinco minutos escucho el panorama del lugar y me hago una idea de lo que me voy a encontrar culturalmente, coloquialmente. Después me bajo del coche o salgo del hotel y ya no me sorprende nada. Soy uno más del lugar, los trileros no me tientan siquiera, las mujeres no me miran porque ya me reconocen, acabo sintiéndome de más y me voy.