Condenados por su físico

O toda la gente cuya cara muestra una actitud a los demás que no se corresponde en absoluto con lo que piensa. Gente que parece más lista, más peligrosa, más tonta, más infantil, más hombre o más mujer. Socialmente atados a unas expectativas que ellos ni siquiera sospechan. Y a menos que sus palabras sean las de un extremista, a poco que se muevan en lo convencional, su discurso será siempre interpretado de forma acorde a la expresión de su cara. Saber esto, y explotarlo o no. Terminar, cómo no, defraudando a todos.

Va a ser diferente

La conocí en un ambiente muy diferente, postuniversitario, un clima emocionante en una ciudad grande que aún parecía por explotar. Su nombre, Diana, fue fundamental. Siempre había fantaseado con tener una novia con ese nombre, y de hecho, desde que en primaria había conocido a otra Diana, ese había sido el nombre que había elegido para todas las mujeres inventadas, cada vez que había necesitado una para una redacción, para la madre supuesta de un amigo o, más adelante, para un perfil bromista de facebook. Sin embargo, cuando conocí a la auténtica Diana y me pareció diferente del resto, como rodeada de algún aura única, no pensé que fuera debido a su nombre ni a mi nostalgia prematura. Pensé en ella como una especie de tótem que señalizaba el solar donde levantar un rascacielos. Pero creo también que no me habría fijado en ella si ella no me hubiera obligado fijándose en mí. Ateniéndome al juicio distanciado que tuve sobre ella antes de nuestra historia, se sentía maltratada, como un trazo sin identificar, anudado sin fuerza en brazos de personajes excéntricos, echando de menos siempre cosas que estarían lejos física o temporalmente. A día de hoy no voy por ahí diciendo que soy un idiota, pero no hay duda de que, como mínimo, las circunstancias me han obligado a adaptarme. La derrota definitiva no une a nadie, hay un placer culpable en saborear la caída de la toalla arrojada en soledad. La relación entre mi difunta personalidad y la vida sin moldes que esperaba disfrutar no cuajó con Diana como me prometí. Ciertas pequeñas claudicaciones discretas y sucesivas fueron astillando el tótem. Hubiéramos querido al menos escuchar el roce de cada pliegue de la toalla al caer, sin la risa o el lamento de nadie cerca que nos importunase, porque es un momento que no se repetirá, pero también esto nos negamos. La lenta acumulación de grasas en los cuerpos de ambos y las horas perdidas divididos lo invadieron todo gota tras gota hasta que cualquier movimiento inesperado resultó inabordable. Era más fácil, en cambio, mucho-mucho más fácil, dejar vivir en nuestros cuerpos a otros que no fuéramos nosotros. De forma que así lo hicimos; a día de hoy ya tenemos un par de hijos, y estamos mirando perros.

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Tras el interludio social, vuelvo a estar a solas conmigo. Ha sido un oasis descansar de mí por unas horas, mostrar un par de personajes a los demás, alguno ridículo y alguno admirable. De nuevo a solas en mi cuarto, todavía con la adicción de la aventura, trato de representar un papel exótico también ante mí mismo. Descubro entonces que soy mejor espectador.

Carta del doctor

Estimado Marvin:

Soy Álvaro de Farnesio, el doctor, quizá me recuerde. Si todo ha ido bien habrá encontrado esta carta en el bolsillo izquierdo de la camisa que lleva. La camisa es mía en realidad, pero al fin y al cabo yo habré muerto, en cierta manera.

Le pongo en situación someramente. Usted padecía una grave enfermedad y fui yo quien tuvo que operarlo a vida o muerte. Quiso el destino que también yo padeciera otra enfermedad grave, que en mi caso ocultaba para poder conservar mi puesto. Pero a causa de este problema, quizá simplemente por los nervios y el temor a ser descubierto, mis manos temblaron, mi mente falló, corté donde no debía y usted falleció.

Entonces, sin preguntar inútilmente a nadie, tomé una decisión rápida. Como al fin y al cabo yo también moriría tarde o temprano, pensé que, gracias a un nuevo módulo de electrodos experimental, los dos podríamos seguir viviendo juntos algún tiempo más, por decirlo de forma sencilla.

Le escribo entonces estas líneas antes de transferir la esencia de mi ser -sea lo que sea que eso signifique, es lo que dicen las instrucciones- a dicho módulo, el cual le será implantado a su cuerpo todavía fresco. Poco después, mediante una reanimación igualmente novedosa, volverá usted a moverse, aunque esta vez de acuerdo a mis principios, que tampoco están nada mal. Visto así podrá parecerle hasta ridículo que me dirija a usted y no a mí mismo en esta carta, pero aparte de parecerme algo presuntuoso, tengo en cuenta el hecho de que usted conservará ciertos instintos psicomotrices que le pertenecían originalmente, y que en el fondo yo solo me dedicaré a dirigírselos, o a tratar de reconducírselos cuando pretenda hacer algo que a mí no me interese. Espero que esto no suene mal, soy un hombre muy flexible y todo lo que decida será por el bien de los dos, esto puedo prometérselo sin pestañear. Buscaré la armonía, lucharé por ella si es preciso. Al principio es seguro que tendremos nuestras diferencias -está claro que no pertenecemos al mismo mundo-, pero precisamente por esto he decidido escribirle estas líneas, para que no se preocupe por algunas pequeñas incongruencias, que las habrá, y no oponga resistencia. Todo es al final una cuestión de confianza mutua.

No tengo en realidad más que añadir, no quiero enredarle en tecnicismos que le hagan hacerse preguntas sin respuesta. Al fin y al cabo la decisión ya ha sido tomada y prefiero que nuestra relación sea antes funcional que sentimental. Estoy seguro de que ambos deseamos una vida fructífera y que más allá de menudencias los dos entendemos este concepto de igual forma.

Le saluda atentamente,

Álvaro de Farnesio y Floridablanca, Ph. D.

[Nota: este manuscrito fue encontrado en la camisa de Marvin. No se sabe con certeza si lo leyó o no antes de saltar por la ventana.]

Antiguas amistades

Este embajador, en su cena de bienvenida, nos lleva a mí y a otro caballero a un extremo de la sala, donde en un pequeño pasillo iluminado se encuentra su colección de arte. Hay cuadros antiguos de paisajes sin interés pero que están tallados en tres dimensiones, y una colección de pequeños escritorios de casa de muñecas clavados en la pared, entre otras extravagancias. El embajador dice muy satisfecho que ha reunido esta colección con el propósito de ir formando un pequeño círculo cultural del que disponer, una sencilla élite de amigos entendidos, de la que poder excluir sucesivamente a quienes vayan cayendo en desgracia hasta, con algo de suerte, volver a quedar tan solo como llegó, justo antes de partir hacia su siguiente destino.

121A

Esta mañana fui nombrado gobernador de un océano infinito. Puedo decir que toda esa vastedad queda ahora bajo mi mando; no ocultaré que me siento poderoso. A partir de hoy, desde una pequeña casa junto al precipicio, en las páginas de mi cuaderno oficial, deberé registrar y numerar todas las olas que se produzcan, analizar la calidad de la espuma y clasificarla en cinco niveles de blancura que se me han establecido, comprobar la oscilación del brillo del sol sobre el agua en función de la hora del día y de la fluctuación de las mareas. Revisaré la distribución de los bancos de peces cada media hora y cotejaré entre sí todos los datos que obtenga. Esto me llevará todo el día y gran parte de la noche, de manera que si quiero dormir, no podré comer, y viceversa. También si desde lo alto viese a alguien que agita los brazos y se hunde en el agua, deberé anotarlo igualmente en mi cuaderno.

254

Hay un castigo constante en su cara,

un mirar quebrado y diferente,

un tono siniestro de miedo y amenaza

en la forma discreta en que se hace el café.

Un desencanto en sus manos que retuercen la pinza del pelo,

un secreto en sus pasos que pasan de largo en silencio,

hay un algo miserable y subterráneo

en el misterio de su respiración.

En el vacío de sus palabras

se adivina aún el eco de una música,

en proceso de olvido, definitivamente borrada de la casa.